En una de las primeras charlas que tuve con mi novia escuché una palabra que no conocía: fibromialgia.

En una de las primeras charlas que tuve con mi novia escuché una palabra que no conocía: fibromialgia. El nombre de una enfermedad sin cura, sin remedio, sin tratamiento. Un rato antes la había escuchado leer un poema donde decía que ella estaba en la franja de las enfermas crónicas, una frase cuyo alcance estuve lejos de apreciar en ese momento.

Después supe que la fibromialgia es una enfermedad bastante común. Que por alguna razón es más frecuente entre las mujeres que entre los hombres. Que sus causas se desconocen. La sintomatología es simple, e igualmente imposible de tratar: el dolor físico, un dolor que se apodera del cuerpo de manera imprevista y puede imponerse, mientras persiste, como una barrera infranqueable entre la persona que lo padece y el mundo.

En la fibromialgia el cuerpo mide el dolor de una forma exagerada, como si respondiera a un mecanismo que de pronto enloquece y no puede ser regulado. No hay vueltas que darle, el dolor viene porque sí y se va porque sí. Puede durar un momento, un día, varios días; afectar a una parte del cuerpo, al cuerpo entero, cambiar de localización. No tiene sentido, no hay una razón y, por lo menos en sentido clínico, no se puede hacer nada.

El problema es para la persona que soporta el dolor, pero también para el que la acompaña. Uno, claramente, no siente lo mismo ni puede hacerse idea de lo que el otro sufre. No puede ponerse en el lugar del otro porque es su cuerpo. Pero la cuestión no es esa sino el modo en que uno acompaña en la circunstancia, el aprendizaje que puede hacer a través del dolor de la otra persona.

El dolor es insoportable y por eso hay muchas formas de socializar sus manifestaciones. En Destrucciones, un libro de prosas poéticas que escribió después de la pérdida de un hijo, Circe Maia se rebela contra los gestos convencionales de compasión y contra el lenguaje del duelo. Las frases hechas y los consejos pronunciados con la mejor voluntad le provocan rechazo no porque sean lugares comunes y porque en su lugar podrían decirse otras palabras, más profundas o menos gastadas. Lo inaceptable, dice, es negar lo que provoca el dolor, hacerlo entrar en razones, engañarse con respecto a aquello que ocurre: “Acaba de hundirse un universo entero, que ninguno de nosotros poseía, que no era nuestro”.

Un dolor tan absoluto es aplastante y puede provocar un sentimiento de impotencia en quien lo padece. O de culpa, si no hay una causa externa que pueda ser identificada. Pero en la misma situación puede encontrarse la posibilidad de una salida; no el remedio, quizá, pero sí una posibilidad de vida a partir del límite. En la entrevista que le hace Sergio Bizzio después de su internación, Héctor Viel Temperley recuerda su primer paseo fuera del hospital como un trance, una iluminación, el acceso a otro plano de realidad: “volaban unas mariposas y había unos eucaliptus muy hermosos, nada más que esto, y fui rodeado y traspasado por una sensación de amor”, “la sensación de estar rodeado por el cielo”.

Viel Temperley escribe Hospital Británico, su último libro, en esa estela en que el mundo que conoce se hace pedazos y lo lleva hacia la luz y, dice, la felicidad. Sale del lugar de la víctima, no pronuncia una queja. Tiene plena conciencia de su estado, pero no piensa en la experiencia de la muerte sino en “comenzar todo de nuevo”. Lo que le pasa al cuerpo no tiene traducción en ningún lenguaje conocido. No es un tema, entonces, tampoco aporta los contenidos sino que, más bien, los desestructura; el dolor que lo impulsa es lo que desarticula la forma poética convencional, la hace estallar, y por eso Viel Temperley llama “esquirlas” a los fragmentos breves que componen el libro: los restos de algo que se deshizo pero que se proyecta con una vitalidad que es producto del mismo golpe.

Cuando el dolor es tan fuerte el tiempo se detiene y la existencia misma queda en suspenso. “Me han sacado del mundo”, dice Viel Temperley. En un poema de En la colonia agrícola, Santiago Venturini recuerda las cefaleas que aquejaban al padre como otros puntos de fuga de la vida cotidiana. Cada vez que el padre sufría un ataque la vida en el hogar pasaba a una especie de limbo. La enfermedad es parte además de un cuadro familiar. El padre le transmite al hijo la dolencia como un legado genético, pero también le confía un remedio secreto: ante el dolor, cerrar los ojos y pensar en un color frío, en el azul por ejemplo.

Si el dolor de cabeza está asociado a la fiebre, a la temperatura alta, en ese caso se trataría de invertir el método homeopático: en vez de enfrentar lo igual con lo igual, recurrir a lo opuesto. En el poema, el supuesto remedio resulta inútil para aliviar las migrañas que atacan a la vez al hijo, pero su verdadera eficacia se prueba en otro plano, en aquel donde se juega el amor del padre.

Cuando era chico y tenía algún dolor, mi madre me decía que con un té se me iba a pasar. Un té común. Más tarde caí en la cuenta de que mi madre me decía eso para que me tranquilizara, o para que dejara de quejarme, y me convencía de tal manera que efectivamente el té hacía de remedio. Por lo menos así lo recuerdo. Todavía hoy, cuando siento algún malestar, me preparo un té con el mismo convencimiento, y el té hace algún tipo de efecto, no me siento igual después de tomar una taza. Pero ese remedio es también intransferible, porque no tiene que ver con el tipo de malestar ni con la infusión sino con mi novela familiar.

En el caso de la fibromialgia, no parece posible enfrentar el dolor sin perder las ilusiones que ofrecen nuevos y viejos tratamientos y sin olvidarse de las esperanzas en un milagro. Los medicamentos, las dietas, la gimnasia, mejoran la calidad de vida mientras la falla en el sistema nervioso central, según los términos que definen a la enfermedad, perdura en estado de latencia. La persona cree estar a salvo y, como en otro poema de Venturini, ver el orden de la vida materializarse en una hermosa taza de porcelana al resguardo de cualquier contingencia. Pero la fibromialgia es misteriosa, pueden pasar semanas, meses, hasta un año hasta que vuelve a manifestarse y, como un deslizamiento de placas tectónicas, lo que parecía firme y asentado en la superficie comienza a moverse de manera imprevisible. Basta soltar la taza para que se rompa en mil pedazos al estrellarse contra el piso.

Un roce mínimo, una caricia, provocan en esa circunstancia una reacción de dolor. Pero esa sensibilidad extrema es o puede ser también una forma más intensa de percibir el mundo. Cuando el dolor se va, la persona vuelve a las cosas cotidianas: retoma sus actividades, la intimidad familiar, la vida social, en el punto donde la enfermedad marcó la interrupción. Y vuelve con la huella del dolor en el sistema nervioso, como información sensible con que el organismo, ahora, enfrenta a las cosas y a las personas y reacciona ante los menores estímulos.

“Devoción por el yuyo que se abre paso/ entre los adoquines más duros./ Devoción por los perros de la calle/ que insisten en agruparse/ y seguir su destino”, escribió Edgardo Zotto en un libro que iba a llamarse “diario del colapso” y terminó por titular Diario del regreso. La sensibilidad extrema no anula la enfermedad: devuelve un mundo más vivo en el que el reverso del dolor –el amor, la alegría, el humor- goza de una salud desconocida.

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